FRANCESC TORRES (2): Espanha, Catalunha, independência, esquerda, nacionalismo, referendo: um texto decisivo

Tal como está el patio con el tema de Cataluña, si no suelto lo que sigue, reviento. Escribo en castellano porque estoy pensando más en mis amigos más allá del Ebro que en los de más acá, que también. Pues bien, yo vengo de una tradición de izquierdas en la que el nacionalismo no ha aparecido nunca en la foto. Siempre me ha parecido que el nacionalismo es reduccionista y burgués por naturaleza y siempre estaré más cerca de un rojo extremeño que de un sátrapa catalán por más catalán que sea.

People hold "estelada" flags, Catalan separatist flags, during a gathering to mark the Calatalonia day "Diada" in central Barcelona

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El problema es que, a diferencia de casi en todo el mundo (somos así, qué se le va a hacer), en Cataluña sí ha existido una tradición de izquierdas nacionalista, mucho antes de que ésta apareciera como figura política a consecuencia del desmantelamiento de los imperios coloniales europeos después de la II Guerra Mundial, azuzado por la polarización de la Guerra Fría. El nacionalismo de izquierdas catalán tanto anarquista (ver Salvador Seguí, El Noi del Sucre), como trotskista (Andreu Nin) como comunista (el PSUC era en sus estatutos un partido nacional catalán) traza sus orígenes en el último tercio del siglo XIX. Esta rareza es indiscutible y debo decir que me ha puesto en un brete. Esto por un lado. Por otro lado, no ha habido nunca una relación realmente cómoda entre Cataluña y el resto de España, también un hecho indiscutible que debemos reconocer si somos sinceros. La actitud de Madrid ha sido tradicionalmente displicente y extractora con la excusa de la solidaridad interna, pero siempre sin rendir cuentas, algo que viene de lejos y ha producido mucho resentimiento en Cataluña. Desde Cataluña se han dicho cosas profundamente ofensivas con respecto a otras comunidades de España y las han dicho personajes políticos de primera línea. Esa es la verdad y está impreso. Ejemplos vergonzantes por ambos lados los hay y no son excepciones. En política las percepciones de la realidad son tan importantes, a veces más, que la realidad misma, de ahí que la actitud generalizada “de que aquí no pasa nada” y que todo es el resultado de la manipulación de la sociedad catalana por parte de cuatro talibanes nacionalistas, es de una memez monumental y un insulto a la inteligencia de cientos de miles de catalanes. Todo esto, que sería políticamente manejable en un país democráticamente adulto como Gran Bretaña, aquí se ha exacerbado con la coincidencia en el tiempo de varios factores con características de plaga bíblica: el gobierno cavernario que tenemos en España, acompañado por una crisis económica salvaje y una incompetencia política crónica general, adobado todo por la corrupción también generalizada en todo el Estado incluyendo espectacularmente, como hemos visto, Cataluña. Es un panorama tan devastador que los cuentos chinos de unos y otros devienen muy atractivos. Un problema grave es que en cuestiones identitarias todo el mundo miente, y miente mucho. Todas las partes usan cualquier argumento forzado que les sirva para justificarse moralmente. Rajoy habla de la Constitución, pero no dice que esta constitución se redactó con la halitosis de un ejército fascista calentándoles el cogote a los padres de la Patria. Se nos chantajeó, a todos, y no se pudo decidir qué tipo de gobierno queríamos teniéndonos que comer el sapo de una monarquía impuesta por un asesino: Francisco Franco. Eso Rajoy no lo dice. Personalmente esta Constitución a punta de pistola no me la tomaré nunca en serio, y como yo muchos más, tanto catalanes como del resto de la Península. Además ese documento, que no sacramento, se ha puteado dos veces de la noche a la mañana con toda la alegría necesaria para, primero, joder a los trabajadores de este país y, segundo, para salvarle el trasero a un monarca moralmente en bancarrota. Lo dicho, que no me invoquen la Constitución de marras, que encima Alianza Popular no votó, por favor. Lo que hace falta aquí es mucha política en mayúsculas y acabar con los cuentos de hadas transicionales de una puñetera vez.

Artur Mas quiere la independencia para Cataluña. Hace tres años no la quería, quería un pacto económico, la independencia no. Pero le cerraron la puerta en las narices. Todo esto sucedía después de haber legislado un nuevo estatuto tras pasar por el Parlament, el Congreso y superar positivamente un referéndum en Cataluña. Allí aparecieron los imbéciles del PP recogiendo firmas por la calle con Rajoy a la cabeza, el mejor fabricante de independentistas catalanes que ha parido madre, impugnándolo ante un Constitucional interino y reaccionario que lo laminó hasta que le dijeron basta.

Artur Mas es de derechas, un recortador de servicios sociales despiadado como Rajoy, y la oposición de izquierdas catalana una pandilla de memos que no tienen media hostia. Pero el guión ya está escrito. Tanto Mas como Rajoy tienen una causa con la que enmascarar su deshonestidad intelectual, su falta de capacidad política, su reaccionarismo y su necesidad de medrar. Uno tiene la independencia de Cataluña como chica para todo y el otro la defensa de la unidad de España. Al PP le va de coña “el desafío Catalán” para suplir que ETA haya desaparecido del mapa. Si el PP no defiende la rojigualda con los Tercios de Flandes no tiene con qué disimular sus objetivos criminales, que son llanamente el desmantelamiento del estado del Bienestar y la vuelta a un franquismo sociológico controlado por el capital financiero y gestionado por el Opus Dei. Artur Mas no es lo mismo, no va por ahí, pero está huyendo irresponsablemente hacia adelante con el acompañamiento de los chicos telúrico-rurales de ERC que creen que es suficiente con pensar las cosas para considerarlas hechas. Ahora ya estamos metidos en esta especie de remake en miniatura del mes de agosto de 1914, cuando nadie quería liarla pero nadie hacía nada para evitar que se liara, todo lo contrario. Esta es la mierda con la que nos enfrentamos y si no hay manera ni voluntad política de entenderse, pues pasará lo que tenga que pasar que, tratándose de España, seguramente será lo peor. Dicho esto y por lo que a mí respecta, de lo que estoy convencido hasta el tuétano es que lo que no se puede prohibir en democracia bajo ningún concepto, de ninguna manera, tengan más o menos razón unos y otros, es que la gente vote. Sólo saldremos de ésta de una pieza hilando políticamente muy fino. No se puede diseccionar una mariposa a martillazos, pero en La Moncloa parece que sólo tengan herreros y en la Generalitat… no se sabe.

Francesc Torres

 

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